martes, 22 de diciembre de 2009

Un amor sin medidas

Siempre hablamos de esta faceta del Señor y casi la tenemos más asumida que nuestro propio nombre. Yo estoy convencido que antes de pronunciar: papá y mamá, dije Dios es amor. Incluso de pequeño cantaba la canción de Dios es amor la Biblia así lo dice, en el capitulo 4 versículo 8 primera de Juan. Es algo que conocemos muy bien y es algo que casi inconscientemente decimos.

Yo quiero hablar del amor de Dios, y más en concreto de su amor INCONDICIONAL. En este curso mi padre me dejó el libro de “El regreso del hijo pródigo”. Os recomiendo el libro (el cual no me he terminado) porque es un libro que os va a enriquecer y bendecir de una manera increíble. Este libro me ha ayudado a ver como Dios es tan misericordioso que no pone condiciones para amarnos, ninguna pega a la hora de desprender su amor por nosotros.

[Leer la parábola del Hijo Pródigo]

Muchas veces olvidamos la premisa más central de la Biblia, que Dios es amor y aquí vemos un ejemplo totalmente válido aunque insignificante (a comparación del amor del Señor) de hasta donde llega este amor incondicional. Dos figuras son bien marcadas en este texto: la figura del padre y la figura del hijo. El hijo (nosotros) abandona la casa del padre, creyendo que por sí solo puede hacer todo lo que quiera, que es mayor y consciente para vivir su vida lejos de la casa del padre.


Cuando nos alejamos de la casa del padre (es decir, cuando estamos distantes de Dios) no somos conscientes de lo indefensos que estamos. El estar en casa (cerca del Señor) es una situación totalmente plácida donde recibes muestras de amor constantes, una voz que dice que te quiere y que no te va a dejar de querer. Pero como nuestra condición humana es de la forma que es, esa voz no se nos hace tan atractiva como las demás voces que podemos, las cuales a veces atendemos más que la propia voz de Dios.

El amor que regala el padre es un amor sin nada a cambio, no pide explicaciones, te quiere porque sí, porque no hay nada que le haga cambiar de parecer, porque es un Dios de amor que quiere que te sientas querido hagas o no hagas cosas magníficas. Sin embargo el amor que nos da el padre, que nos regala el padre se camufla muchas veces con otras voces. Voces que quieren que tu seas digno de recibir amor, voces que te dicen que hagas cosas para merecerlo, que ese amor debes ganártelo, que ese amor necesita de una condición para ganarse, a condición de… Y a medida que respondemos a esas voces, voces que quieren que te superes para alcanzarlo, vas sintiendo que ese amor cada vez está más lejos, que no te llena, que haces méritos pero no lo consigues.

¿Qué clase de amor te dan esas voces fuera de la casa del padre? Esas voces te incitan a alcanzar un amor puramente carnal, material, vacío, un amor que solo se llena de vicio, de cosas vanas y, a largo plazo, muy poca satisfactorias. Este es el amor que las voces nos incitan a buscar, un amor lejos de nuestro amor verdadero. Este amor puede ser placentero…puede, pero a largo plazo no consigue llenar, ¿porqué? Porque siempre hay algo de ti que vas a tener que hacer para ganártelo, y que desde luego no es de agrado de nuestro padre.

Son voces muy persuasivas que se escuchan muy altas. Estas son las voces que siguió el hijo de la parábola, y mirar como acabó. En el momento en el que el hijo decide volver a casa seguro que pensó lo que todos alguna vez hemos pensado: madre mía pero como puedo ser así, me voy por la cara, y con más morro que espalda vuelvo a casa, ¿con qué cara me presento allí? A mi eso me ha pasado siempre que iba a casa con un pantalón roto.

Ya me imaginaba a mi madre diciéndome: “Pues ahora te vas a clase sin pantalones, y el roto ese te lo va a arreglar rita la cantaora”. ¿No? ¿No hubiera sido lo más justo? Eso pasa mucho con los niños pequeños en el parque, que la madre le dice: “Ten cuidado que te manchas, ten cuidado que te manchas, ten cuidado que te manchas, etc.” ¿Qué creéis que pasaría? Pues que el niño se acaba manchando. Bueno, pues después de todos esos avisos, la madre no se acerca y le dice: “Ya te has manchado, ahora le toca limpiarlo a la tonta ¿no?, pues te dejo de querer hasta que tu mismo te laves los pantalones y los dejes como los chorros”. ¡No!, tu madre te coge te lleva a casa y te lava los pantalones.

Bueno, y si un padre/madre puede hacer esto, ¿no lo va a hacer el Señor? El hijo cuando volvió sentía miedo porque había decepcionado al padre, porque se había guiado por las voces que no le daban el amor que verdaderamente necesitaba. Y cuando vuelve a casa del padre este le recibe con los brazos abiertos. Le da igual lo que haya hecho o haya podido hacer, le da igual todo, solo le importa que el hijo al que NUNCA DEJÓ DE AMAR, había vuelto a casa, y así podría mostrarle el amor que no requería de condiciones y actos increíbles.

Este es nuestro Dios, que aún alejándonos de su casa, Dios nos espera con ansia de que volvamos para así darnos el amor que necesitamos. Dios nos regala su amor, un Dios celoso. Tenemos un Dios que no le importa lo que hayas hecho, no hay nada que le haga plantearse si merece amarte. La Biblia dice que siendo aún pecadores, envió a su hijo Jesús a morir por nosotros. Todo el mundo conoce Romanos 3:23

Por cuanto todos pecaron….y están destituidos del Reino de Dios”

Bueno pues una buena prueba de ese amor gratuito está en el siguiente versículo (del cual nos acordamos poco), un amor dado únicamente por gracia:

“…siendo justificados gratuitamente por su gracia por la redención que es en Cristo Jesús”

Tenemos un Dios que nos ama porque sí, un Dios que se entristece cuando nos vamos de su casa, ya que él no nos obliga a estar con él, pero aún con eso, está siempre con los brazos abiertos, deseando darnos su amor que no necesita de actos, sino de fe. Tenemos la bendición de que Dios nos ama y que quiere que volvamos con él. Y la mayor prueba de su amor incondicional se encuentra en Romanos 8,38-39:

“Por lo cual estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”

(Orar: que no nos alejemos de su amor, que no pongamos trabas en ese amor incondicional y que podamos experimentar es amor de una forma total)

Dedicado a Dios en primer lugar por encima de todo.

Dedicado a Ana, quien me ha abierto los ojos muchas veces y si Dios lo permite, lo seguirá haciendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario